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                            (I)

Imaginen una escena que dista de esta tarde medio millón de años, más o menos.

 

Imaginen una caverna en la hora más fría de una madrugada remota. En su interior se refugian unos animales de pelo hirsuto, desnutridos, piojosos, apiñándose en un bloque compacto de cuerpos malolientes cuya promiscua densidad es la única garantía de la que disponen contra el frío mordiente y contra el mordiente terror que les ronda.

 

¿Pueden reconocerlos? ¿Les dicen algo esas cabezas grandes y pelonas, esos manos cuyos pulgares les permiten ya manejar herramientas rudimentarias, esas bocas de dientes romos?

 

Son hombres. ¿O no? Mírenlos bien. No hay nada en su mente excepto necesidad, miedo, ansia, el presente inmediato y siempre peligroso. No saben pensar en otra cosa que en sobrevivir otro día.

 

No entienden el mundo y su sensibilidad se acaba a un milímetro de la piel lacerada por los piojos. Si su enorme cerebro les sirve para algo, si les ha permitido ir tirando hasta el momento, también les hace sufrir infinitamente más que a otros animales igual de infelices que ellos pero con un sistema nervioso menos desarrollado. Estamos en la larga noche del miedo y la brutalidad, la noche eterna que ha durado la mayor parte del millón de años que el hombre, o sus antepasados, llevan caminando sobre la faz de la Tierra.

 

                            (II)

Regresen de nuevo a la caverna, mucho tiempo más tarde, quizás hace veinte, o treinta mil años. La humanidad acaba de realizar su primer y más prodigioso avance tecnológico. Una hoguera arde en el centro de la caverna, iluminándola, calentándola, alejando a las fieras. La noche ha dejado de ser un intolerable espanto para transformarse en el mejor momento del día. El grupo come la carne recién cazada, cocinándola entre las brasas. La lumbre acaricia las pieles y aligera los corazones. Fuera, los depredadores rondan, impotentes.

 

¿Qué ha cambiado en ellos? Nada. Son todavía el mismo animal bípedo de pulgar prensil y cerebro enorme. Son todavía frágiles, lampiños e ignorantes. Pero algo brilla e sus pupilas que estaba ausente en sus antepasados.

 

¿Qué ha cambiado en ellos? Todo. Tienen el fuego. Al llegar la noche, sin miedo y con el estómago lleno, la constelación de neuronas que chispea en el interior de la inmensa caja craneana puede ocuparse de algo más que la supervivencia inmediata.

 

Tienen alma.

 

Fíjense en esa muchacha que ahora se tumba en la puerta de la cueva, no lejos de las benditas llamas y mira al cielo. ¿Qué está haciendo? Lo mismo que ustedes o yo en cualquier noche estrellada. Contempla los astros y se pregunta qué son, quién son, por qué brillan en el cielo, quién ha encendido esas luces remotas. Mira el cielo y quizás concluya que las estrellas son Dioses, o luciérnagas volando contra el manto de la noche.

 

Fíjense en esa Eva lejana. Ella es el primer científico de la especie, la artífice de la primera teoría sobre el mundo. Ella es también la primera artista y la primera sacerdotisa. Luciérnagas o Dioses. Por primera vez, alguien ha intentado explicar el cosmos o lo que es lo mismo, el alma humana. Darle un sentido.

 

                            (III)

 

¿Quién es ese hombre que pinta escenas de bisontes y caballos, que deja las marcas de sus manos en la caverna primitiva? Es sin duda un artista y de los buenos. Es también un sacerdote. Arte y religión son la misma cosa para ese hombre primitivo, que la fe de un niño, no duda que la magia existe.

 

¿Y cómo podría dudarlo? La magia está presente a su alrededor, en cada una de las prodigiosas manifestaciones del mundo. El rayo, el torrente, la tundra nevada, las grandes bestias con las que comparte su entorno. La magia existe y es preciso aprender a usarla, o al menos protegerse de ella. No hay diferencia entre el conjuro del chamán y el trazo con que el artista pinta las siluetas de los búfalos contra la roca.

 

¿Y ese otro, quizás ya anciano que se sienta muy cerca del fuego? Habla, o quizás canta, acompañándose de grandes gestos. Es el primer poeta y a la vez el primer cronista, el primer actor, el primer sabio. La literatura, todavía no es un producto de consumo, fast-food de usar y tirar. Es la memoria de la tribu, el código de supervivencia, la crónica de los días, la interpretación del mundo.

 

Salten otros pocos miles de años, al Egipto de las pirámides. El hombre ya ha inventado el cuchillo y el hacha, la lanza, la rueda, la agricultura, la ganadería, la palabra escrita. Apenas anteayer se escondían en una cueva y hoy están construyendo las pirámides.

 

El Nilo y sus crecidas. Ciclos. El agua desborda los campos y luego se retira. El giro de los astros en el cielo. Nada de eso pasa por alto a la atención de los sacerdotes. La magia comienza a desvanecerse el día que se inventa la astronomía. El sacerdote ha aprendido a hacer algo más que explicar el mundo con Dioses. Es capaz de predecirlo (las crecidas de los ríos, el movimiento de los astros). Ha descubierto la ciencia. Egipto ya tiene astrónomos y tiene arquitectos y agrimensores. No mucho más tarde las matemáticas van a florecer en Grecia y Demócrito afirmará que el mundo está compuesto de átomos.

 

                            (IV)

 

Fíjense en las acepciones sibilinas de la palabra inventar. No queremos decir lo mismo cuando nos referimos a la invención de un nuevo dispositivo o ingenio (la rueda, la imprenta, el transistor) que cuando afirmamos que alguien ha inventado una historia. En el primer caso, inventar equivale a crear, pero esta creación es material y tangible, es parte del mundo. En el segundo, lo único que se crea es una mentira. Una historia inventada es una historia falsa.

 

¡Qué gran invento!, decimos, refiriéndonos al coche híbrido o a Google Earth. En cambio, el charlatán, el fantasioso, el parlanchín del barrio es ese señor que no cesa de inventarse historias.

 

                            (V)

Asimilamos o acaso confundimos al científico con el inventor. Pero es algo más, es el nuevo hechicero, más poderoso y temible que ninguno de los de antaño. Energía nuclear. Células madre. Genoma humano. Robots inteligentes. Ingeniería molecular. Nanotecnología. La ciencia ofrece el Paraíso pero no hemos olvidado la imagen del Gólem persiguiéndonos por las calles de Praga.

 

                            (VI)

Es célebre la frase de A. Clarke en la que afirma que toda tecnología lo suficientemente avanzada es indistinguible de la magia.

 

Piensen en ello. El hombre primitivo manejaba sílex y hueso. El artesano medieval herramientas de madera y metal, cuyo funcionamiento podía comprender un niño. Entender la máquina de vapor, o incluso el motor de explosión, está al alcance de cualquiera.

 

Pero díganme. ¿Qué algoritmo utiliza Google para encontrar cualquier cosa que le pidan en una fracción de segundo? ¿Cuántos de ustedes entienden los principios básicos de una central nuclear? ¿El teorema de Gödel? ¿Las series de Riemann? ¿Las técnicas de clonación? ¿Los nuevos materiales basados en nano-ingeniería?

 

El hombre moderno, en esta época donde la Ciencia ocupa titulares continuamente, ha vuelto a la magia. Teclea una palabra clave en una viñeta de su PC y el genio de la lámpara se apresura a ofrecerle un millón de respuestas a ella. Vive rodeado de robots cuya programación ignora y cuya presencia, a menudo le pasa desapercibida. Algunos de estos autómatas comienzan a tratarle como si fuera un adolescente problemático (intenten conducir sin cinturón en un coche de nuevo modelo). Las cosas ocurren por Ars Magica (¿cómo es posible que no se estrellen más aviones? ¿A qué se debe que ahora cada casa tenga 20 megas de ADSL cuando ayer no teníamos televisión? ¿Por qué nuestros hijos se pasan la vida chateando y nos parecen marcianos?). Más que nunca, vivimos en un mundo que se nos escapa.

 

                            (VII)

De ahí que al científico se le venere, se le tema, se desconfíe de él. De ahí que el cliché persista. Magos son y como tales hablan en clave. Manejan en sus pizarras símbolos arcanos, cocinan en sus laboratorios misteriosas pociones que quizás curen el cáncer, prevengan la gripe o hagan crecer el pelo. Construyen monstruosos aceleradores de partículas y los entierran bajo tierra, para buscar la partícula de Dios, la materia oscura, el plasma de quarks. Ni el propio Merlín se atrevió a tanto.

 

                            (IX)

En cambio el escritor, el que inventa historias, no ha dejado de ser uno más de la familia. El charlatán que anima el fuego de campamento, el compadre que nos divierte con sus inverosímiles anécdotas, el obrero casi invisible que escribe los guiones de las películas, cuyo crédito se llevan directores y artistas de cine.

 

Cierto, veneramos a unos pocos. Ocurre como con los futbolistas. Unas cuantas estrellas se llevan el dinero, la fama y la atención de la ávida prensa, mientras el pelotón se afana en la sombra, ganando cuatro duros, desconocidos.

 

Pero incluso esas raras estrellas son, para el ciudadano de a pie mucho menos imponentes que sus equivalente científicos. Muchos de ustedes no se achicarían si tuvieran que compartir mesa con Pérez Reverté o el mismísimo Nabokov, si aún viviera. Quién más quién menos se sentiría perfectamente capaz de conversar sobre Ala Triste o Lolita con ellos. En cambio, ¿de qué hablarían con un premio Nóbel en Física de Partículas, en Biología molecular? Quizás, se sorprenderían gratamente (he sigo testigo de ello y puedo darles fe) si su anfitrión mencionara otros temas, si demostrara interés o conocimientos de economía o arquitectura. Dirían, “hay que ver lo interesante y culto que es este hombre”. En cambio… ¡qué decepción si Pérez Reverté se empeña en darnos una lección sobre náutica  o Nabokov insiste en disertar sobre lepidopteria.

 

                            (X)

Es tentador concluir que el hombre moderno, cuya dependencia con la ciencia y tecnología que le rodea es absoluta, vive de espaldas a estas.

 

Pero no es cierto. La ciencia nos preocupa y esa preocupación va en aumento a medida que nos damos cuenta de que nuestra inmensa capacidad de manipular el mundo puede volverse catastróficamente en contra nuestra.

 

Persiste, sin embargo el cliché. De un lado, lo que es hermoso y accesible, lo que entretiene y ayuda a digerir el presente. El arte y muy en particular la literatura, goza de una estupenda salud, mal que le pese a los agoreros. Cierto que poca gente lee ya Guerra y Paz o el Quijote ¿Pero es tan gran pecado que haya perdido un poquito de sex-appeal una obra, que por magistral que sea tiene ya quinientos años? A cambio, medio país está enganchado con los Soprano, por poner un ejemplo de los innumerables que ilustran este nuevo fenómeno de series televisivas de buena calidad, auténticas reediciones de la narrativa más clásica adaptadas al gusto y la tecnología moderna.

 

Del otro, lo que es remoto y arcano. Cada vez más, los periódicos nos ofrecen novedades relacionadas con la ciencia, que abarcan desde las última observaciones del Hubble hasta los más recientes avances en la lucha contra el cáncer, pasando por la noticia de que el CERN, el Laboratorio Europeo de Física de Partículas, va a poner en marcha este año su nuevo y más potente acelerador.

 

Pero por mucho que periódicos y periodistas se empeñen, no consiguen salvar la fisura. Resulta especialmente edificante comparar las entrevistas recientes a conocidos escritores (por ejemplo a Ian Mac Ewan) con las entrevistas a destacados científicos (hay una reciente a Enrique Fernández, nuevo director del Comité de Política Científica del CERN). En las primeras, el periodista navega en aguas conocidas. En las segundas, tira salvas en la niebla. Mac Ewan, a sus anchas, dialoga con el reportero. Fernández, pacientemente, deletrea una cartilla de frases inverosímiles para casi todos sus lectores.

 

                            (XI)

Y si el periodista está despistado, no les digo el novelista, sobre todo el que se mete en camisa de once varas. Resulta casi entrañable, si no fuera una tontería tan solemne, que los héroes de Ángeles y Demonios anden a las carrera por luminosos pasillos del CERN que conectan con el Vaticano, acarreando maletas de antimateria. El CERN de Dan Brawn igualmente podría haber sido Camelot y la maleta en cuestión el Santo Grial.

 

 

                            XI

Y sin embargo, quisiera convencerles esta tarde de que la Ciencia no sólo es material literario, sino que quizás se convierta en el material literario de este siglo.

 

Déjenme empezar por lo poético, por lo inmenso. La rosa y el océano, bellos e infinitos como son, pero tan, tan gastados. Piensen en cambio en la imagen de una supernova estallando, incendiando de repente la galaxia en la que explota, emitiendo, durante un breve periodo, más luz que el resto de los cien mil millones de estrellas que la rodean.

 

Piensen en ese número, cien mil millones, más o menos el total de estrellas que tiene nuestra Galaxia. Pero es que hay unos cien mil millones de galaxias en el universo. Cien mil millones. Es uno de esos números extraños, cargados de ecos. Es más o menos la cantidad de granos de arena en todas las playas del mundo. Es la suma de todas las almas que han pasado por el planeta desde el remoto origen de la especie. Una estrella por cada hombre que jamás existiera.

 

O piensen en el universo en expansión. Las galaxias se alejan unas de otras a velocidades que aumentan con la distancia que las separa. Son como parches de luz en la superficie de un globo que se infla, separándose unas de otras deprisa, deprisa, a medida que la superficie se expande. Llega un momento en el que la velocidad relativa entre dos galaxias es mayor que la velocidad de la luz y esta no tiene tiempo de conectarlas. Visto desde nuestro punto de vista, eso quiere decir que una galaxia tras otra irán desapareciendo de nuestra vista, desertando, dejándonos solos.

 

Cierto, no nos preocupa mucho ahora, esto no va a pasar mañana. Pero ¿cuántas tragedias peores conocen? Tiren de la lengua a los físicos y les hablarán de un día del juicio mucho más terrible que el que inventaron las viejas religiones. El mundo acabará en una fiera bola de fuego o en un gélido desierto.

 

Más bien parece esto último. Y la culpa de ello es de una misteriosa fuerza que llena el Cosmos, invisible, inapreciable hasta hace poco, pero empeñada en desgarrarlo. La llamamos Energía Oscura y no tiene nada que ver Dark Vader. Es real. Aún no la entendemos. Pero nos asombra y nos conmueve tanto como conmovería la selva de la lluvia o la tundra ártica, a los exploradores de entonces.

 

                            XII

Pero, sostengo, hay mucho más que la Ciencia puede aportar a la literatura, dejando al margen tan tremebundas imágenes. La narrativa moderna ha explorado todos los géneros y números del alma. Ha habido novelas de pobres y ricos, médicos y pacientes, soldados y pacifistas, abogados y criminales, policías y ladrones. Historias de amor heterosexual, homosexual y asexuado. Novelas machistas y feministas, globales y locales, novelas de blancos, negros y amarillos, de niños y viejos, de curas y azafatas, de santos y pecadores.

 

¿Pero novelas de ciencia, de científicos? Si descuentan el techno-babble, la farsa pseudo-científica, apenas hay nada. ¿Y por qué? ¿Porque el tema es arcano, difícil? No lo creo, un best-seller del calibre de Los pilares de la Tierra dedica páginas y páginas a describir minucias sobre catedrales góticas sin que el lector se inmute (otro best-seller, con algo más de solera, Moby Dick, discursea hasta el agotamiento sobre cetología) ¿Acaso porque implica una literatura demasiado culta? Nada de eso, ahí está El Nombre de la Rosa, ofreciendo tantas lecturas como lectores se acerquen a ella.

 

Una buena parte del efecto se debe a la inmediata conexión entre Ciencia y Ciencia-Ficción. Y miren que nada tengo contra ese género, que tantas y tan maravillosas novelas nos ha dado (Blade Runner, 2001, Yo Robot). Pero, sobre todo hoy en día, Ciencia-Ficción es sinónimo de La Guerra de las Galaxias (con sus ruidosas explosiones en el vacío donde no se puede propagar el sonido y sus naves que van a más velocidad que la luz) o Star Trek, o Héroes. Precisamente lo que tienen en común todas esas series y otras mil parecidas es que poco o nada tienen que ver con la Ciencia. Se trata más bien de historias de vaqueros o de magia, adornadas con maquetas brillantes y luces de colores.

 

                            XIII

No es eso, no es eso. El espía que corre con la maleta llena de antimateria por los pasillos del CERN no nos cuenta nada nuevo. Lo pasillos podrían ser los de la embajada de Mongolia y la maleta podría contener cualquier fluido mágico.

 

Pero el CERN es un sitio prodigioso. Tiene algo de fábrica, algo de geto, algo de burdel, mucho de monasterio. Se hablan veinte idiomas en la cafetería. Hay detectores del tamaño de un edificio de seis pisos, enterrados cien metros bajo tierra, tan grandes como una catedral gótica y a la vez los objetos más complejos del planeta. A mí me parece que dan más de sí que los artilugios infantiles de los que les hablaba hace un instante.

 

                            XIV

Materia Extraña, la novela que su seguro servidor acaba de publicar, aspira en cierto modo, a repetir la fórmula que Eco hace funcionar en el Nombre de la Rosa. No es, sobre todas las cosas, una novela de Ciencia-Ficción, aunque en una de las tramas se introduce un elemento típico de ese género (pero no voy a desvelarles el final ni dar pistas que arruinen la lectura). Tampoco es exactamente un Thriller, aunque desde luego usa desvergonzadamente los recursos de ese género e incluso se atreve a coquetear con la novela de espías.

 

¿Qué es entonces? Lo cierto es que no estoy del todo seguro y, como aquella bailarina rusa, a la que el periodista ofendió cuando le pidió que resumiera en pocas palabras el sentido de su danza (si supiera hacerlo, señor, respondió airada, ¿cree que me habría tomado la molestia de bailarla?) espero que las cuatrocientas y pico páginas entre tapa y tapa se expliquen mejor que yo.

 

Al menos, algo, sí sé que es. Es una historia de amor, que se manifiesta entre los personajes, pero también se extiende al CERN (ese lugar que venero y odio, en el que he dejado buena parte de dos décadas de vida).

 

Sí, es una historia de amor y también un ajuste de cuentas.

 

XV

 

Era el verano del 83 y una beca me llevaba a Ginebra (empezaba a alejarme de este pueblo, mi pueblo, iniciaba un viaje que había de durar los canónicos veinte años, pero entonces yo aún no lo sabía). Recuerdo la impresión al llegar allí, de que había aterrizado en un geto industrial idéntico al que conocía, pero más huraño y frío. Helena Le Guin, la directora del CERN en Materia Extraña, lo describe así. (pagina 39)

 

XI

Simetrías: La obsesión del artista. Bach y las variaciones Goldberg. Los círculos del infierno reflejados en las terrazas del Paraíso, en La Comedia. La proporciones del David de Miguel Ángel.

 

Simetrías: La obsesión del científico. Alberto Einstein predice la teoría de la relatividad para acomodar la belleza de su fórmula y otra fórmula convence a P.A.M. Dirac de que existe la antimateria. Un anillo subterráneo de 29 Km. de circunferencia por el que circulan protones a la velocidad de la luz, con sus detectores prodigiosos y miles de físicos tratando de recomponer los productos de cada explosión en miniatura. Tras el ingente esfuerzo, la idea de que la naturaleza es simple, bella, simétrica.

 

¿Lo es? ¿No estaremos acaso reflejando las obsesiones creadas por nuestro propio cerebro? El científico no consigue ser solipsista. Para algunos puede ser fácil afirmar que sólo existe el yo y el resto del universo no es más que un sueño, pero prueben a contemplar la inmensidad de las galaxias, paseen por los suburbios del gran acelerador, entreténganse contemplando las reliquias reconstruidas de T. Rex. Hay una realidad ahí fuera, aguardando a ser descubierta, no inventada.

 

                            XII

Pero es que la mejor literatura, me atrevo a afirmar, tampoco es invención, sino descubrimiento. Quizás Alonso Quijano, Madame Bovary, Humbert Humbert y Ulises, sean tan reales, al fin, como los números primos, el bosón de Higgs y los neutrinos. Para la inmensa mayoría de ustedes probablemente, mucho más reales.

 

¿Recuerdan los números mágicos? Contemplen la uña de su pulgar y cuenten: uno. Cien mil millones de neutrinos, recién emitidos por el sol, acaban de atravesarla.

 

¿Fantasmas? Nada más parecido a la nada que esos pedacitos insignificantes de realidad. Y sin embargo, los físicos los producen por trillones, estudian sus propiedades, han encontrado aplicaciones prácticas para ellos: Un ejemplo, que mueve una de las tramas de Materia Extraña, es realizar radiografías del interior de una central nuclear. También pueden realizarse radiografías de la Tierra y quizás descubrir nuevos yacimientos fósiles. O puede que sea un haz de neutrinos quién nos traiga nuevas de una civilización extraterrestre.

 

¿No les parece extraño? ¿No les parece poético?

 

                        XIII

No puedo concluir estas divagaciones sin hablar de Dios y perdónenme que lo haga con toda sinceridad.

 

A menudo se ha dicho que la Ciencia ha matado a Dios. La física nos dice que vivimos en un cosmos inmenso, indiferente a nuestra fortuna, que nuestro planeta es un pedacito de roca que gira entorno a una estrella cualquiera de una galaxia más, de los cien mil millones de galaxias que se apresuran, alejándose las unas de las otras. El Dios familiar, el padre atento que cuidaba de nuestro destino, ¿dónde está? ¿Muere Cristo en la cruz en cada uno de los infinitos mundos para redimirnos?

 

Aún peor, la biología nos dice que no somos particularmente diferentes, no ya de los grandes simios cuyo código genético es casi idéntico al nuestro, sino de perros y gatos, ratas y cerdos y si me apuran peces y aves. El más cruel científico de la historia, Darwin y su más temible acólito, Richard Dawkins, muestran que la evolución no tiene propósito ni meta, no estamos en el tope de ninguna pirámide, no somos sino otra especie más entre millones, posiblemente destinada a seguir el curso de otras tantas. Extinguirnos, sin dejar grandes cicatrices en un planeta que no nos llorará.

 

¿Entonces? ¿Es eso al fin lo que la Ciencia nos revela? ¿No hay otra religión que la soledad y la desesperanza?

Yo no lo veo así.

 

Mírenlo de otra manera. Piensen que nos queda si eliminamos las bóvedas celestes, el Paraíso y sus arcángeles pero también el infierno y sus demonios.

 

Nos queda el hombre. Ese animal asombrado que mira a las estrellas, al calor de la lumbre.

 

Hay cien mil millones de neuronas en el interior de su cabeza. Tantas como estrellas en la Vía Láctea.

 

Es en esa galaxia interior, donde encontrarán a Dios.

 

¿Estamos solos en casa? Quizás, pero somos libres. La Ciencia nos muestra un universo infinitamente hermoso. El arte, la literatura, ayudan a encontrarle sentido a nuestra vida. Hubo un tiempo en que el hombre no distinguía entre Ciencia, Religión y Poesía. Quizás sea necesario andar un largo camino, para volver a no distinguirlas de nuevo.

 

Helena Le Guin, uno de mis personajes favoritos, recuerda que Prometeo y sus titanes, dieron el fuego al hombre, liberándole de la tiranía de los Dioses. El fuego nos hizo humanos. En este milenio, es la Ciencia, el Arte, la Literatura, la Filosofía, lo humano, la única lumbre que nos ilumina en un cosmos que se rompe, que se enfría, que quizás no tenga sentido más allá del círculo de luz donde ahora estamos.

 

Pero es que quizás no lo tuvo nunca. Más allá está la noche y la desesperación. Junto a la hoguera, el contacto de las pieles y la comunión de las almas.

 

Como Helena le Guin, como mi padre, como la poesía de mi amigo Francisco Salinas Torres, al que no puedo dejar de nombrar en esta tarde, yo, queridos amigos, creo en ese fuego sagrado.  

 

Presentación del libro Materia Extraña, (editorial Espasa, Madrid, 2008), por parte de su autor Juan José Gómez Cadenas, jueves 12 de marzo de 2008.

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http://www.rafaelrobles.com 11 de marzo de 2008